Pigmalión – John Updike

Lo que le gustaba de su primera mujer era su talento para la imitación. Después de una fiesta, una fiesta que hubieran dado ellos mismos o cualquier otro matrimonio, sabía imitar con gran realismo todo aquello que habían visto: rostros, voces, y con su bonita boca hacía toda clase de pequeñas muecas con las que sabía revivir en un mágico momento la presencia de cualquier amigo ausente. —Bueno, en fin, zi a mí de verdad me interezaze… ¿No es así cómo habla Gwen?, a ver: zi a mí de verdad me interezaze la ecología… Y él, su marido, se echaba a reír, y no paraba, a pesar de que Gwen era secretamente  su amante y acabaría siendo su segunda mujer.

Lo que más le gustaba de Gwen era lo mucho que se agitaba en la cama, y lo que menos le gustaba de su primera mujer era lo mucho que insistía en que le diera masaje en la espalda, y luego, mientras sus manos la frotaban fatigosamente, todas las noches se le quedaba dormida. Seguir leyendo Pigmalión – John Updike

De El Museo de los números – Dimitris Calokiris – Celeste o Naxa (cuento)

Sólo antes de los veinte y después de los sesenta se ama de verdad. O sea, cuando se agotan los argumentos, se recurre al amor.

No sé cómo huele el cielo, si es que huele, pero a ella el cuello le olía así exactamente, es decir, celestial. Y, claro, la llamaban Celeste, aunque en el norte la llamaban, cariñosamente, Naxa. Al soltarse el pelo, se soltaba también ella el mito. Al recogérselo, envejecía una media de tres años. A causa de cierta sensibilidad de  naturaleza alérgica, cuando se quedaba quieta se le dibujaban números esparcidos en la piel. Muchos son los que consumieron años sumando y dividiendo por si conseguían refutar su mito o, al menos, llegar a alguna conclusión, pero en vano. Su suma, decían, está relacionada con las erupciones de los volcanes en Java. El producto, con el cultivo de los cereales. Cómo ocurría todo esto, no estoy en condiciones de explicarlo. Seguir leyendo De El Museo de los números – Dimitris Calokiris – Celeste o Naxa (cuento)

Del libro El amante demasiado puntilloso – Alberto Manguel

Para Vasanpeine, ver ese cuerpo esférico en una desnudez casi total y no poder (ni querer) distinguir si pertenecía a un hombre o a una mujer, a una persona joven o mayor, fue el paso último y revelador de su gradus ad parnassum. Hasta ese punto, cada acto de descubrimiento, cada momento de contemplación, se concentraba en un segmento particular y con frecuencia azaroso de un todo incierto, un elemento al que él investía de significado mediante una relación emocional con los rasgos propios y limitados de ese mismo elemento, separándolo de la tiránica noción de totalidad, revirtiendo el proceso de desposeimiento implícito en todo organismo viviente, que siempre prefiere el conjunto colectivo al rasgo individual. En cambio, aparecía allí una criatura que era a la vez el todo y los detalles, la suma de las partes y un ser singular, coherente y mónada. Ya no había necesidad de atravesar ninguna constelación compleja  para concentrarse en un segmento atractivo, un pedacito excitante. Aquella criatura autosuficiente era fragmentaria y completa, gradual e indivisible. Vasanpeine jamás había visto algo igual. Se sintió dominado íntegramente por el amor. Siguió mirando como en un trance. Apretó el botón. El obturador parpadeó.

Fotos de Leonard Nimoy (el viejo y querido Sr. Spock)

Si yo – Sergio Francisci

Si yo no muero. Si mi tristeza es la que muere en mi lugar no habrá que cavar fosas ni cremar  materias. Ella estará intacta. Yo seré yo. El agujero que deje en mí tal desprendimiento será de dimensiones tales que mi resto, aquello que soy sin mi tristeza, caerá por eones hacia un oscuro silencio. Al dejarme, me olvidare de mí. Desde entonces ya nadie tendrá recuerdos de lo que he sido. Y ella navegará muda por los desiertos que creamos. Muda. No por obligación. No por venganza. Pero nunca jamás hablará de mí. No por dolor. No por violencia. Sólo porque sí.