La retirada – Leonardo Sciascia (fragmento)

Entró en casa, como todas las noches, a las ocho en punto, después de ganar  en un juego de cartas en el que perdía el que ganaba, y de perder por tanto doscientas libras.

Le había tocado jugar, frente a la pareja adversaria, con Nicola Spitale, un campeón en todos los demás juegos menos en ese; ya le podían preparar la cama y apagar la luz, decía, que aquel juego le producía un sueño invencible; sus ojos se cerraban y derramaban sobre los naipes una mirada perdida y vacía.

“A mí hay juegos que no me gustan, que me aburren, y cuando me invitan a jugar a ellos, digo que no. Pero él, aunque se caiga de sueño y juegue fatal, nunca rehúsa.” Así, con toda la bilis que había destilado en las dos horas de juego, pensaba Michele Tricò en su amigo Nicola, y tan absorto estaba rumiando, que al pronto no notó la oscuridad y el silencio que reinaban en su casa. Empezó a encender las luces, y sólo al final, cuando entró en la cocina, se dio cuenta de que su mujer no estaba.

–Filomena –llamó.

El balneario – Pilar Pedraza

¡Buenos días señor! Acomódese como pueda, pero, por favor, no empuje. Cabemos todos, aunque estemos un poco apretados: se lo digo yo, que conozco el paño. Tiene usted el codo como una piedra y me lo está clavando. No es que me duela, no, ni siquiera me molesta. Además, ¿qué puede hacer usted?

No se preocupe ni ponga esa cara, hombre. Su estancia aquí no será larga; como mucho, dos semanas. Se lo digo por experiencia. A estas alturas del curso, nos necesitan más que nunca, y los que tienen la suerte de estar tan delgaditos como usted, no duran nada. Pronto descansará y se librará de estas apreturas y, sobre todo, de este olor. Yo ya ni lo noto, pero comprendo que un recién llegado…

Cuando me trajeron a mí, me mareé muchísimo. Seguir leyendo El balneario – Pilar Pedraza

La migala – Juan José Arreola

La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye.

El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino. Peor que el desprecio y la conmiseración brillando de pronto en una clara mirada.

Unos días más tarde volví para comprar la migala, y el sorprendido saltimbanqui me dio algunos informes acerca de sus costumbres y su alimentación extraña. Entonces comprendí que tenía en las manos, de una vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar. Recuerdo mi paso tembloroso, vacilante, cuando de regreso a la casa sentía el peso leve y denso de la araña, ese peso del cual podía descontar, con seguridad, el de la caja de madera en que la llevaba, como si fueran dos pesos totalmente diferentes: el de la madera inocente y el del impuro y ponzoñoso animal que tiraba de mí como un lastre definitivo. Dentro de aquella caja iba el infierno personal que instalaría en mi casa para destruir, para anular al otro, el descomunal infierno de los hombres. Seguir leyendo La migala – Juan José Arreola