El nuevo teatro de autómatas – Steven Millhauser

Nuestra ciudad se enorgullece con toda justicia de su teatro de autómatas. Con esto no quiero decir simplemente que nuestros maestros llevan el difícil y exigente arte de los autómatas a un pico de esplendor que no tiene parangón, y que ni siquiera fue imaginado por los maestros de una época anterior. Quiero decir que nuestro teatro de autómatas, por su propia naturaleza, es digno de orgullo, pues es fuente de nuestro placer más pleno y espiritual. Sabemos que sin él faltaría algo en nuestra vida, aunque no sabemos bien que faltaría. Y nos enorgullece que el nuestro sea un teatro genuinamente popular, que obtiene la ferviente lealtad de jóvenes y viejos por igual. No es exagerado decir que desde que abandonamos la cuna caemos bajo un hechizo del que nunca despertamos. Tan intensa es nuestra devoción -que algunos consideran obsesión- que la sabiduría popular distingue cuatro fases. Se dice que en la infancia nos atrae el color y el movimiento de estas pequeñas criaturas; en la adolescencia, los intrincados mecanismos de relojería que les dan la ilusión de la vida; en la adultez, la verdad y belleza de los dramas que representan, y en la vejez la perfección atemporal de un arte que nos eleva por encima de las cuitas de la mortalidad y da sentido a nuestras vidas. Todos reconocen que estas distinciones son caprichosas, pero a su manera expresan una verdad. Pues, al igual que nuestros maestros, que pasan de su largo aprendizaje a sus logros cada vez más formidables, también nosotros pasamos del aprendizaje que nos brindan las alegrías infantiles a los placeres más graves de un deleite maduro y exigente. El teatro de autómatas no se supera con la edad. Seguir leyendo El nuevo teatro de autómatas – Steven Millhauser

La honda – Ricardo Piglia

No me dejo engañar por los chicos. Sé que mienten, que siempre están poniendo cara de inocentes y por atrás se ríen de todo el mundo.
Lo que pasó ese día fue que ellos no imaginaban que mi patrón y yo habíamos decidido trabajar, a pesar del domingo.
Por eso cruzamos el camino de tierra hacia el depósi­to del fondo.
Me acuerdo que por la calle andaba un coche de propaganda con los altoparlantes en el techo; y que yo escuché la música hasta que doblamos y el paredón apa­gó el ruido, de golpe.
Entonces el viento nos arrimó las voces y las risas. Cuando los descubrimos se acurrucaron, tratando de disimularse entre los fierros, pero ya era tarde. Seguir leyendo La honda – Ricardo Piglia