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Plegaria del día de Acción de Gracias – William S. Burroughs

Plegaria del día de Acción de Gracias
Para John Dillinger
con la esperanza de que siga vivo.
28 de noviembre de 1986. Día de acción de gracias.

Gracias por el pavo salvaje y las palomas pasajeras, destinadas
a convertirse en mierda en las sanas tripas americanas. Gracias por un continente para saquear y envenenar.
Gracias por los indios, que proporcionaron un módico peligro y desafío.
Gracias por las vastas manadas de bisontes para matar y desollar
y dejar pudrir.
Gracias por las recompensas por lobos y coyotes.
Gracias por un sueño americano para poder vulgarizar y falsificar hasta
que la mentira desnuda brille al trasluz.
Gracias por el Ku-Klux-Klan y los sheriffs que hacen una muesca
en sus armas por cada negro muerto, por las decentes y devotas señoras,
con sus rostros mezquinos,
tensos, amargos, malvados.
Gracias por las calcomanías de ‘Mate un puto en nombre de Cristo’.
Gracias por el sida de laboratorio.
Gracias por la Ley Seca y la guerra contra las drogas.
Gracias por un país donde a nadie lo dejan
vivir su propia vida.
Gracias por una nación de buchones. Sí, gracias por todos los recuerdos.
¡Está bien, presenten armas!
Siempre fueron ustedes un dolor de cabeza
y siempre fueron aburridos.
Gracias por la última y mayor traición del último y más grande
de los sueños humanos.

Hora de irse – Stephen Dixon (fragmento)

“Mire este lote” dice la vendedora poniendo otra bandeja de collares de jade en el mostrador. Veo uno que me gusta. Verde claro, de cuentas pequeñas, hilvanadas con hilo, sin oro salvo en el broche. Lo agarro. “Me gusta este”. “Regatea, regatea”, dice mi padre. “Primero pregúntale el precio y después ofrécele la mitad”.

“¿Cuánto cuesta?”, le pregunto.

“Ciento diez”.

“Cincuenta y cinco o sesenta, rápido” dice mi padre.

“Me parece bien y es el primero que realmente me gusta”.

“Es la mejor manera de comprar. Janine”, le dice la vendedora a una vendedora más joven, “¿te lo probarías para mostrarle al señor?”.

Janine se acerca, sonríe y me saluda, se desabotona los dos primeros botones de la blusa y toma el tercero.

“No es necesario”, digo.

“No se preocupe”, dice la mujer de más edad. “Hasta ahí la dejo llegar por ese precio”

Sábado – Quim Monzó (fragmento)

Las fotos las mira, siempre, en la mesa del comedor. Coloca la caja a la izquierda y quita la tapa decartón. Con las dos manos coge un puñado de fotos y las deja frente a sí. Muchas ni las contempla. De una ojeada recuerda hasta el último detalle; ¡las ha visto tantas veces! Ahora busca concretamente una en la que ella y su marido, del brazo, miran a la cámara con una sonrisa helada. No tiene que buscar demasiado porque, si bien el amontonamiento podría parecer caótico a los ojos de un extraño, el paso de los años y el ir mirando las fotos una y otra vez han hecho que sepa siempre en qué núcleo de los diversos núcleos del amontonamiento está cada una. Encuentra enseguida la que busca, y la contempla con ojos húmedos. Él lleva el pelo reluciente de fijador y ella un sombrerito de tul y flores de jazmín en la mano. Sin dejar de mirar la foto, la mujer hurga en el bolsillo del delantal, saca unas tijeras y, con tres golpes decididos, corta la foto de manera que el marido cae al suelo y ella queda sola, manca del brazo izquierdo, por el que él le pasaba el derecho. Ha dudado un instante si prefería quedarse ella sin el brazo izquierdo o si, para no perderlo, conservar aferrado el brazo de él.

El diccionario jázaro – Milorad Pavic (fragmento)

Una primavera la princesa Ateh dijo: “Me he acostumbrado a mis pensamientos como a mis vestidos. Siempre tienen la misma talla y los veo por todas partes, hasta en los cruces de los caminos. Y lo peor es que por su causa ya no se ven los cruces de los caminos.”

Para divertirle, los sirvientes le llevaron a la princesa dos espejos. No se diferenciaban mucho de los demás espejos jázaros. Ambos habían sido hechos de sal pulida, pero uno era rápido y el otro lento. Todo lo que el primero, reflejando el mundo, tomaba como adelanto del futuro, el segundo, el lento, lo restituía, reequilibrando así las cuentas del primero, porque en relación con el presente estaba atrazado exactamente en la misma medida en que el primero estaba adelantado. Cuando llevaron los espejos a la princesa Ateh, ella estaba todavía en la cama y no se habían lavado aún las letras de sus párpados. En el espejo vió los propios párpados cerrados y murio en el acto. Desapareció entre dos parpadeos o, para ser más exactos, leyo por primera vez las fatales letras escritas en sus párpados, puesto que había parpadeado en el instante previo  y en el instante posterior y los espejos le transmitieron el reflejo. Murió, asesinada simultaneamente por las letras del pasado y del futuro.

El mandarín – Eça de Queirós (fragmento)

En las profundidades de China existe un mandarín más rico que todos los reyes de quienes hablan la leyenda o la Historia. Nada conoces de él, ni su nombre, ni su rostro, ni la seda con que se viste. Para que tú heredes sus caudales infinitos, basta que hagas sonar esa campanilla que se halla a tu lado, sobre un libro. Él apenas emitirá un suspiro en los confines de Mongolia. Entonces se convertirá en un cadáver y tendrás a tus pies más oro del que puede soñar la ambición de un avaro. Tú, que me lees y eres un mortal, ¿harás sonar la campanilla?