botecito

El clan – Ana Basualdo

Sentado en las rampas, Guido descifra los motores de diverso linaje que suenan los domingos por la tarde en el río Luján. Pestañea con fuerza cuando descubre un modelo poco conocido; cierra del todo la mano inválida hasta que logra identificarlo, abstraerlo del gran ruido y llevarlo río arriba, hacia el silencio. La mano derecha le quedó contraída como si encerrara una manzana desde el día en que, a los diez años, le aseguró a Luis, el menor de los siete hermanos, que era capaz de aplicarla durante varios minutos a una plancha caliente sin pedir auxilio.
No se da vuelta cuando, a su espalda, oye la voz de Fernando:
-Natalio vuelve en cualquier momento. ¿Qué hacemos?
-Que lo arregle Julio. A él se le ocurrió todo, ¿no?
El agua golpea la madera podrida de las rampas, la cubre un poco y vuelve al betún espeso del río. Las mojarras chapotean enérgicamente, acostumbradas al agua negra y venenosa de la costa. Antes de abandonar este lado del río, el sol se concentra en la figura del Águila, se apoya en su casco roto con la fuerza de un hombro gigantesco. Y forma a su alrededor anillos de un rojo cambiante, círculos que se mueven como diminutas ruedas de parque de diversiones engarzadas eléctricamente unas a otras.
Son las seis de la tarde. Las mujeres se demoran hoy en torno de la mesa más de lo habitual, quizá porque el verano está por terminar y quieren prolongar hasta el último momento el sabor del domingo. Los hermanos se miran de reojo, alarmados. Son siete, pero ahora falta uno, Natalio, y su ausencia, o su llegada inminente, aumenta la ansiedad de los otros.
El verano está por terminar, a pesar de que el calor es tan intenso como hace dos semanas. Guido, que escucha el rumor de los motores sentado en las rampas; Julio, que lee el diario junto a la mesa larga de madera de cajón; Elio, que tiene la cabeza pegada a la radio; Agustín, que trabaja en el casco del Susana T, y Fernando, que camina ahora entre las anguileras, lo saben bien. Sin saber que lo saben. Quizá sólo Luis, que tiene veinte años y no comparte demasiado la ansiedad de sus hermanos casados, se dice a sí mismo que el verano es ya un fruto podrido, un olor malo que viene de los sauces y de la paja brava, una estría gris, imperceptible para los domingueros, que se filtra desde el norte en la luz todavía plena de las seis de la tarde. Ya quedan pocos domingos familiares frente al río.

Fernando sube los cinco escalones del galpón de madera al que todos llaman, con cierta reverencia, “el escritorio”. Tiene treinta años, pelo rojizo, mirada de anarquista vencido por una languidez inoportuna y la manía de lavarse las manos a toda hora. El escritorio, con sus libros de contabilidad, sus montañas de boletas desordenadas y las postales pornográficas pinchadas por Fernando en la pared, es reino exclusivo de Julio, el mayor. Construido con madera de sauce-álamo hace más de veinte años, se inclina ahora grotescamente hacia el sur, incrustándose en el barro como un barco muerto. Elio, que no estuvo nunca a bordo de los cascos que con desgano ayuda a reparar, se niega a entrar al escritorio.
-Tiene el piso al bies -dice-. Es peligroso.
Fernando se asoma por la ventana. Cuando Natalio aparezca entre los árboles, le dirá que dé otro paseo por el puerto hasta que las mujeres terminen de hablar y se decidan a emprender la vuelta. Pero Natalio estará todavía en alguna cervecería del puerto, haciendo tiempo. Entre los árboles sólo se ven gatos salvajes y la figura furtiva de algún vago en busca de los tesoros del domingo. Fernando se lava otra vez las manos, dispuesto a disfrutar de su propio tesoro: el misterioso disco que una compañía cinematográfica olvidó allí nueve años atrás. En aquella época el Águila no era todavía la ruina que es ahora y podía servir de escenario a la secuencia de una película policial. En la secuencia que Fernando nunca pudo olvidar, aunque se negó a verla en el cine cuando le contaron que no duraba más de medio minuto, Zully Moreno, vociferante y vestida de negro, era izada en el mástil entonces entero del Águila por una pandilla de
secuestradores. Fernando guarda todavía las cosas raras que se dejaron los ayudantes del director: dos sillas de lona, una alfombra, una chaqueta de terciopelo verde y, sobre todo, el disco sin etiqueta que escucha una vez por semana. Antes de que empezaran los chirridos, lo escuchaba todos los días.
Abre una caja de lata negra y extiende sobre el piso el grueso pliego de papel barrilete color naranja en que envuelve su reliquia. Hay olor a madera húmeda en el escritorio, y también a seca madera recién aserrada, a naranjas descompuestas y a ropa vieja. Pone el disco en el aparato que ha fabricado su hermano Guido y que, aunque no tiene caja protectora y las piezas están llenas de polvo y ajustadas con alambres, funciona perfectamente. Deja caer la púa: el primer movimiento de una sinfonía de Stravinski se escapa por las hendijas y llega hasta las rampas, donde Guido continúa descifrando el ruido de los motores.
-Otra vez ese loco con el disco -protesta Julio.
-Y… cada loco con su tema -contesta su mujer, redonda como una nuez, sin mirarlo.
-Mejor vas preparando las cosas y nos vamos -dice Julio desde el otro lado del diario.
Julio tiene cincuenta años, la cara pequeña de un insecto de zanjón y un cuerpo enjuto siempre vestido de oscuro. Es el único de los hermanos que no se quita el traje ni siquiera los domingos. En realidad, es el único que lleva traje, ya que sólo Luis, algún sábado por la noche, se viste parsimoniosamente de azul frente al espejo, como un galán radiofónico. Es también el único que, una o dos veces por semana, lee el diario. Las mujeres de la familia, que lo odian tanto como sus maridos, pero que reconocen algún prestigio en sus trajes oscuros y sospechan algún secreto en sus ojos siempre bajos, creen que lee los diarios de cabo a rabo. Nunca va más allá de las noticias policiales o las hípicas; a veces, torpemente, se anima con las financieras. Fue a él a quien se le ocurrió la historia de las noches en el Águila, el sistema de turnos y el recurso de los paseos dominicales de Natalio por las cervecerías de la costa a la hora en que
las mujeres y los chicos invaden el astillero. El sistema, dijo, les permitiría ahorrar a todos. Los hermanos se quejan de que, también en esto, se reserva la porción más grande y más sabrosa. Son hombres vigorosos (menos Natalio), que aceptan de mala gana pero sin demasiada discusión el dominio de este hermano mayor que no sabe manejar la sierra mecánica ni el gato hidráulico. Y quizá sea ésa la causa de que lo acepten. Incapaz siquiera de calafatear una miserable canoa, sabe ordenar números y papeles y, todavía más misterioso, dialogar con los clientes del centro. Les inspira un odio tenaz, una desconfianza que los hechos han justificado muchas veces pero, también, un oscuro respeto. Julio responde con desprecio envuelto en indiferencia; sólo a Luis lo favorece con algún gesto de cortesía nacido, a lo mejor, del miedo al futuro.

En la otra punta de la mesa larga de madera de cajón, Elio escucha la radio con una atención sólo perturbada, en los momentos pobres del partido, por la ansiedad que comparte con sus hermanos. Quieto, encogido en la silla de mimbre, a solas con el destino de sus héroes, baja el volumen hasta que se vuelve inaudible para el resto de la familia y jamás hace comentarios. La sombra de los sauces esconde ahora su cabeza de inexplicable pelo oscuro en ese clan de rubios. A las seis y media termina el primer tiempo, sale del ensueño y pregunta a su mujer, figura central del grupo femenino y también de su matrimonio, por qué demoran tanto los preparativos de la vuelta.
-Cómo van -grita Luis desde el fondo de una canoa a medio hacer.
-2 a 0.
-Quién.
-Quién va a ser.

La sombra se estira hasta los pies de Agustín, trazando una frontera entre la zona oscura y húmeda de los sauces y el casco de hierro del Susana T, posado en los caballetes como un largo pez de óxido que hubiera salido del agua para tomar sol en una reposera gigantesca. Agustín trabaja en ese casco doce horas al día y también, tolerando con buen humor las bromas de sus hermanos, los domingos por la tarde. Julio, que funda su prestigio de hombre deshonesto pero ilustrado en la manifestación de unas cuantas sentencias por año, determinó alguna vez:
-Lo que pasa es que de chico mamó leche de cabra.
Con el tiempo, la piel y las ropas de Agustín han tomado el color de los metales con los que trabaja. Parece un incendiario feliz, un fogonero metido entre las llamas o un fraguador antiguo. Y la cara se le enciende no tanto por los efectos del vino tinto que toma de a poco, durante toda la tarde, como por el calor del soplete y el ritmo de los martillazos contra las chapas de hierro. El ruido de los remaches incrustados al rojo vivo en el casco llega hasta las rampas, confundiéndose con el de los motores que ocupan la mente de Guido como abejas tercas; hasta el escritorio, interponiéndose en los acordes de Stravinski; hasta el círculo de sombra donde se acurruca Elio y hasta el zanjón donde los chicos pescan mojarras con las manos y se preguntan qué serán esos globitos rotos que flotan en el agua.

A las siete, los botes de remo, delgados como fósforos y brillantes como parqué recién lustrado, han dado la vuelta y desfilan por el Luján rumbo a sus clubes. Remeros vestidos de blanco los abandonarán en las rampas hasta el próximo fin de semana. Son los domingueros, que la familia no llega a divisar: pertenecen a otro paisaje. Sólo Luis, que odia a los turistas dueños de veleros, yates y lanchitas vistosas, los sigue con mirada complacida. Sabe que poco después no se diferenciarán de los demás: encontrarán los mismos coches, las mismas mujeres doradas, las mismas fiestas con champán hasta la madrugada. Pero ahora, silenciosos, concentrados y leves, dibujan en el río una geometría singular. Nunca ha remado en botes así (tampoco ha tomado sol en la cubierta de un crucero), pero no los mira con envidia. Los ve cruzar frente al astillero con el mismo deleite que le inspiran las formas de un buque de buen diseño.
Guido camina ahora de espaldas al río, con todo el sol de frente, balanceándose sobre los rieles. Cruza la frontera de sombra y su figura, de pronto, cambia: parece él mismo, diez años después, o el doble inofensivo de un actor violento. Se acerca a Luis. Espía el cuaderno de tapas verdes que su hermano tiene abierto sobre la canoa a medio armar.
-Mejor voy hasta las vías y lo espero ahí -le dice Luis.
-No, qué vas a ir. Que lo arregle Julio -contesta Guido, con los ojos fijos en los planos de la embarcación que Luis empezó a construir semanas atrás.
-Es asunto de todos. Y peor para ustedes que para mí -dice Luis
Capaz de armar con sus manos y el solo esfuerzo de su mente una canoa como la que ocupa a su hermano, a Guido lo subyuga encontrar la vinculación inesperada entre una forma real y el anticipo abstracto de esa forma.
-Después le podés poner un motorcito -sugiere a Luis.
-Un Caille de un cilindro, ¿no?
-Sí, más que eso no aguanta.
Luis ha decidido romper el hábito de la artesanía y desentrañar el misterio de la construcción naval. Con los libros llegaron las críticas. Ahora quiere cambiar esa mezcla de intuición y manchas de aceite que lo rodea por una “verdadera empresa”. Estas palabras le sugieren otra: mar. O, al menos, su manera de acercarse al mar.
-¿Andiamo? Nos van a comer los mosquitos, si no -dice Agustín a su mujer, que cuenta en voz baja una complicada historia de adulterio.
Los domingos por la tarde, después de comer, las mujeres llevan a los hijos al borde de los zanjones, para que puedan pescar allí sin peligro, y conversan entre ellas. Acostumbradas al silencio terco de sus maridos, sienten sin embargo que los hombres están ahí: un punto de opresión concentrado en Julio, un punto muerto en Elio, un surtidor luminoso que brota de Agustín, una fuente de imprevisible inquietud en el remoto y violento Guido, una aureola de fantasías inofensivas en torno a Fernando. En cuanto a los solteros, Luis les inspira a todas cierta codicia sentimental y Natalio una mezcla de irritación y piedad.
Natalio nació hace más de treinta años con algunos defectos físicos que el tiempo ha ido acentuando: un corazón demasiado grande, incapaz de soportar movimientos bruscos o emociones fuertes, y párpados caídos y resecos como los de una tortuga. Sus ojos ven cada vez menos pero, como se niega a aceptarlo, avanzan también la torpeza y el rencoroso aislamiento. Cuando a Julio se le ocurrió que, en lugar de gastar plata en los prostíbulos de San Fernando, podrían encerrar a una mujer en la cabina del Águila y compartirla entre todos, le encargó a Natalio que la buscara.
-¿Y qué hacemos los domingos? -preguntaron los hermanos casados. El que más se asustó fue Elio; el que más se ilusionó, Fernando. A ninguno se le ocurrió que la mujer pudiera salir sola y, tranquilamente, volver.
-Que Natalio la lleve por ahí hasta la tardecita. Decimos que tiene una novia en el centro y que por eso los domingos no come con nosotros.
-Quién se lo va a creer -dijo Guido.
-Por qué, che -dijo, protegiéndolo, Luis.
-Vos qué te pensás -se defendió hoscamente Natalio.
La encontró días después en un bar del puerto de Olivos y se la presentó a Julio, que apenas la miró.
-Está bien -dijo.
De eso hace dos meses. Durante la semana, Natalio le lleva de comer tres veces por día y los domingos, en lugar de vagar por las cervecerías de la costa como ha ordenado Julio, paga él mismo el viaje a Retiro, el té en las confiterías y la entrada de los cines; Vuelven a una hora en que de la familia sólo quedan las brasas del asado a medio apagar y cáscaras de naranja sobre la mesa. Pero hoy las mujeres tardan más de lo habitual, interesadas en desmenuzar una complicada y ajena historia de adulterio.

Como miembros de un mismo cuerpo, unidos por todo e incómodos por todo lo que los une, los hermanos no hablan entre ellos. La mujer ha agregado un motivo más de silencio. Indiferentes, sienten ahora cierta mutua curiosidad y, a veces, recelo. Sólo Natalio insiste en nombrarla. Los otros no hacen una sola alusión a la mujer, ni siquiera obscena. Para no nombrarla, Fernando marcó en un calendario las iniciales de cada uno junto a determinados días de la semana. En lugar de preguntarse unos a otros cuáles son las noches que les corresponden, consultan secretamente el calendario. La semana parecía hecha para adecuarse a la historia: una noche para cada uno de los seis hermanos sanos y el casto domingo para Natalio. Sin embargo, Julio estableció desde el principio que, como la ocurrencia había sido suya, le pertenece más de una noche por semana; por eso, y para no nombrarla, ordenaron los turnos en el calendario.
La mujer pasa el día entero encerrada en la cabina del Águila leyendo las revistas que le regala Natalio. Julio le ha prohibido salir a cubierta en horas de trabajo.
-Por los clientes. Nos van a hacer mala fama. El Águila es un viejo barco de madera construido en los años treinta con piezas que la guerra no permitió reemplazar. En aquella época, el plomo valía tanto como la plata y una noche en el Plaza, menos que un par de zapatillas con suela de crepé. La falta de repuestos obligaba a abandonar los barcos en los astilleros, a dejarlos pudrirse en el río o a convertirlos en leña. Inútil desde hace tiempo, sin un solo herraje, el Águila se hunde imperceptiblemente: dentro de unos años sólo se verá de él la punta de su mástil roto. Los regalos de Natalio han hecho habitable la cabina húmeda del Águila y la mujer ha terminado por recibir allí a los hermanos como una madre a sus hijos, disimulando preferencias. Fernando la visita provisto de sus manías de siempre: sábanas limpias, jabones, un vestido negro, una cámara de fotos y, a riesgo de desintegrarlo, el tocadiscos. Si la noche es lluviosa,
cambia el turno con alguno de sus hermanos. El agua le impediría extender los treinta metros de cable desde el escritorio hasta el barco y aquella música que nadie conoce es para él un preámbulo imprescindible.
Guido llega como un sonámbulo pensativo y orgulloso, como uno de esos genios en bruto un poco atontados por las ideas fijas. Julio se burla de él a sus espaldas, acusándolo de que le gustan más los motores que las mujeres. Las mujeres ocupan su mente con intensidad momentánea; los motores, todo el tiempo. A veces el reloj pequeño y vertiginoso de su cerebro se atasca o se acelera demasiado. Una noche cualquiera se ve de pronto en el espejo, ve a la mujer todavía acostada en el catre, descubre huellas de sus
hermanos (una corbata de Julio, los jabones de Fernando) y una muesca de malhumor entra en el engranaje y lo hace pedazos.
-Vos no tenés por qué contar nada. Yo no te pregunto qué hacen ellos -le grita a la mujer.
Pero la mayoría de las noches son apacibles. A esa hora, los ruidos llegan escasos y nítidos desde el río. En las islas los ruidos van y vienen según el camino del viento. Poco importa, aquí, la distancia. Importan la época del año y el temblor o la serenidad del aire. Cuando, acostado en el camarote, adivina la curva exacta en que dobló ese Vipac camino del Paraná, Guido se levanta feliz y se asoma a cubierta. Necesita estar solo: apoyarse en la borda y escrutar con ojos de gato sabio la noche sin luna.
El placer de Elio, limitado por dos miedos opuestos, es breve. Tiene tanto miedo de los gritos de su mujer como de las burlas de Julio. Elio entra y sale del camarote como desaparece la sombra de un desconocido al doblar una esquina. A Agustín lo retiene a veces no el miedo sino el remordimiento. Para atenuarlo, ha llevado a la cabina una foto de sus padres y otra de su mujer y su hijo.
-Últimamente hay mucho ratero por ahí. Por eso tenemos que hacer guardia. Vos no me esperes: acostáte -dice después de la cena.
A Luis nunca lo convenció del todo la ocurrencia de su hermano mayor. Sin embargo, ha terminado por gustarle dormir allí, sentir cómo el viejo barco averiado sube mansamente con la marea, cómo el agua parece brotar desde el fondo y empujarlo al centro del río. El mar, piensa entonces, cómo será navegar en buques limpios y esmaltados. A veces Luis se olvida en la cabina sus cuadernos. Cuando va por la mañana a buscarlos y encuentra allí a la mujer, aburrida y desamparada como un maniquí que se derrite bajo la luz del mediodía, se promete no volver.
Las noches de Julio son largas y violentas. El traje oscuro cuelga de la percha como una momia apolillada y la luz del camarote está encendida hasta que se confunde con el gris del amanecer. Esas noches Natalio duerme clandestinamente en el piso del escritorio, con el oído alerta y la escopeta al alcance de la mano. Cuando oye los crujidos del tablón que une la cubierta del barco a las rampas viejas, se levanta de un salto y mira por la ventana. En la luz borrosa de las seis de la mañana Julio está poniéndose el saco azul sobre la camisa blanca y frotando un zapato contra la tela de los pantalones.
Se pierde después entre los árboles, rumbo a la estación. Dos horas más tarde, estará de vuelta con una camisa distinta y la misma boca impasible.

Los chicos se han aburrido de pescar mojarras. El sol ilumina ahora solamente la borda del Susana T, el techo de cinc del escritorio y la otra orilla del río. La sombra es como agua que crece, cubre las caras y las ropas, apagándolas, y luego las mantiene a flote en un aire sereno y transparente. Así están ahora las mujeres, serenas, cansadas de hablar, nutridas por la charla, perezosas. Pero el grito del hijo de Agustín rompe esa paz como la caída de un avión en llamas sobre un lago de hielo. Los chicos han subido al Águila por la proa, metida en el barro y escondida entre los juncos. Cruzaron la cubierta en silencio y descubrieron la cabina prohibida. Corren ahora, como piratas eufóricos, con el botín en la mano; un vestido rojo, zapatos negros de tacón alto, cinturones plateados. Las dos hijas de Fernando juegan a las figuritas con las fotos pornográficas de su padre y el hijo de Agustín hace girar sobre la borda un espejo de marco
dorado. Las cinco madres, que corren desesperadamente hasta él, se reflejan como una sola cara monstruosa, rota y recompuesta en el fondo de un caleidoscopio. Los hermanos, mudos, miran a Julio, que todavía pretende leer el diario.
-Natalio -grita Julio a las mujeres, como si les arrojara una cuerda-. Debe ser cosa de Natalio.
El disco ha dejado de sonar. La sombra sube un poco más, cubriendo el casco del Susana T hasta volverlo negro y lejano. Una risa bien conocida por los hermanos se oye de pronto encajonada entre los árboles, como aprisionada en un armario que se abre inesperadamente y se vuelve a cerrar. Y un minuto después están ahí, al borde del camino, Natalio y la mujer, como una aparición. Sorprendidos, claros y remotos, extrañamente vulnerables. Parecen dos artistas de circo -el payaso y la mujer del tirador de cuchillos- que se han fugado y súbitamente, en un pueblo cualquiera, tropiezan con la troupe.
-Vieron -dice Julio-. Les dije que era cosa de Natalio.
Las madres han recuperado a sus hijos y examinan a la mujer con voracidad.
-Ahí está la famosa novia -dice Julio-. Qué pinta.
-Una vergüenza… -dice Elio.
-Hay que darle un escarmiento -resuelve Julio, levantándose.

Los hermanos se unen como un solo animal dispuesto a la lucha. Mira y se mueve de manera distinta, pero es el mismo animal. Acorralado bajo la piel de Elio y alerta como un tigre en los músculos de Guido. Julio, quitándose el saco y subiéndose las mangas de la camisa, actúa con la astucia de siempre. A Fernando la orden del hermano mayor lo enardece tanto como sus propias fantasías. Luis vuelve a la sangre común. Y Agustín, con la cabeza tapada todavía por la máscara de soldar, camina como un indio rubio hacia la ronda de los sacrificios.
Stravinski se oye a las ocho y media por última vez. Metidos en una red de pescar, izados a media asta en el mástil roto, Natalio y la mujer ven partir entre los árboles a la familia nuevamente unida.

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