Macario – Juan Rulfo

Estoy sentado junto a la alcantarilla aguardando a que salgan las ranas. Anoche, mientras estábamos cenando, comenzaron a armar el gran alboroto y no pararon de cantar hasta que amaneció. Mi madrina también dice eso: que la gritería de las ranas le espantó el sueño. Y ahora ella bien quisiera dormir. Por eso me mandó a que me sentara aquí, junto a la alcantarilla, y me pusiera con una tabla en la mano para que cuanta rana saliera a pegar de brincos afuera, la apalcuachara a tablazos… Las ranas son verdes de todo a todo, menos en la panza. Los sapos son negros. También los ojos de mi madrina son negros. Las ranas son buenas para hacer de comer con ellas. Los sapos no se comen; pero yo me los he comido también, aunque no se coman, y saben igual que las ranas. Seguir leyendo Macario – Juan Rulfo

El clan – Ana Basualdo

Sentado en las rampas, Guido descifra los motores de diverso linaje que suenan los domingos por la tarde en el río Luján. Pestañea con fuerza cuando descubre un modelo poco conocido; cierra del todo la mano inválida hasta que logra identificarlo, abstraerlo del gran ruido y llevarlo río arriba, hacia el silencio. La mano derecha le quedó contraída como si encerrara una manzana desde el día en que, a los diez años, le aseguró a Luis, el menor de los siete hermanos, que era capaz de aplicarla durante varios minutos a una plancha caliente sin pedir auxilio.
No se da vuelta cuando, a su espalda, oye la voz de Fernando:
-Natalio vuelve en cualquier momento. ¿Qué hacemos? Seguir leyendo El clan – Ana Basualdo

El nuevo teatro de autómatas – Steven Millhauser

Nuestra ciudad se enorgullece con toda justicia de su teatro de autómatas. Con esto no quiero decir simplemente que nuestros maestros llevan el difícil y exigente arte de los autómatas a un pico de esplendor que no tiene parangón, y que ni siquiera fue imaginado por los maestros de una época anterior. Quiero decir que nuestro teatro de autómatas, por su propia naturaleza, es digno de orgullo, pues es fuente de nuestro placer más pleno y espiritual. Sabemos que sin él faltaría algo en nuestra vida, aunque no sabemos bien que faltaría. Y nos enorgullece que el nuestro sea un teatro genuinamente popular, que obtiene la ferviente lealtad de jóvenes y viejos por igual. No es exagerado decir que desde que abandonamos la cuna caemos bajo un hechizo del que nunca despertamos. Tan intensa es nuestra devoción -que algunos consideran obsesión- que la sabiduría popular distingue cuatro fases. Se dice que en la infancia nos atrae el color y el movimiento de estas pequeñas criaturas; en la adolescencia, los intrincados mecanismos de relojería que les dan la ilusión de la vida; en la adultez, la verdad y belleza de los dramas que representan, y en la vejez la perfección atemporal de un arte que nos eleva por encima de las cuitas de la mortalidad y da sentido a nuestras vidas. Todos reconocen que estas distinciones son caprichosas, pero a su manera expresan una verdad. Pues, al igual que nuestros maestros, que pasan de su largo aprendizaje a sus logros cada vez más formidables, también nosotros pasamos del aprendizaje que nos brindan las alegrías infantiles a los placeres más graves de un deleite maduro y exigente. El teatro de autómatas no se supera con la edad. Seguir leyendo El nuevo teatro de autómatas – Steven Millhauser

La honda – Ricardo Piglia

No me dejo engañar por los chicos. Sé que mienten, que siempre están poniendo cara de inocentes y por atrás se ríen de todo el mundo.
Lo que pasó ese día fue que ellos no imaginaban que mi patrón y yo habíamos decidido trabajar, a pesar del domingo.
Por eso cruzamos el camino de tierra hacia el depósi­to del fondo.
Me acuerdo que por la calle andaba un coche de propaganda con los altoparlantes en el techo; y que yo escuché la música hasta que doblamos y el paredón apa­gó el ruido, de golpe.
Entonces el viento nos arrimó las voces y las risas. Cuando los descubrimos se acurrucaron, tratando de disimularse entre los fierros, pero ya era tarde. Seguir leyendo La honda – Ricardo Piglia

Sábado – Quim Monzó (fragmento)

Las fotos las mira, siempre, en la mesa del comedor. Coloca la caja a la izquierda y quita la tapa decartón. Con las dos manos coge un puñado de fotos y las deja frente a sí. Muchas ni las contempla. De una ojeada recuerda hasta el último detalle; ¡las ha visto tantas veces! Ahora busca concretamente una en la que ella y su marido, del brazo, miran a la cámara con una sonrisa helada. No tiene que buscar demasiado porque, si bien el amontonamiento podría parecer caótico a los ojos de un extraño, el paso de los años y el ir mirando las fotos una y otra vez han hecho que sepa siempre en qué núcleo de los diversos núcleos del amontonamiento está cada una. Encuentra enseguida la que busca, y la contempla con ojos húmedos. Él lleva el pelo reluciente de fijador y ella un sombrerito de tul y flores de jazmín en la mano. Sin dejar de mirar la foto, la mujer hurga en el bolsillo del delantal, saca unas tijeras y, con tres golpes decididos, corta la foto de manera que el marido cae al suelo y ella queda sola, manca del brazo izquierdo, por el que él le pasaba el derecho. Ha dudado un instante si prefería quedarse ella sin el brazo izquierdo o si, para no perderlo, conservar aferrado el brazo de él.