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El nuevo teatro de autómatas – Steven Millhauser

Nuestra ciudad se enorgullece con toda justicia de su teatro de autómatas. Con esto no quiero decir simplemente que nuestros maestros llevan el difícil y exigente arte de los autómatas a un pico de esplendor que no tiene parangón, y que ni siquiera fue imaginado por los maestros de una época anterior. Quiero decir que nuestro teatro de autómatas, por su propia naturaleza, es digno de orgullo, pues es fuente de nuestro placer más pleno y espiritual. Sabemos que sin él faltaría algo en nuestra vida, aunque no sabemos bien que faltaría. Y nos enorgullece que el nuestro sea un teatro genuinamente popular, que obtiene la ferviente lealtad de jóvenes y viejos por igual. No es exagerado decir que desde que abandonamos la cuna caemos bajo un hechizo del que nunca despertamos. Tan intensa es nuestra devoción -que algunos consideran obsesión- que la sabiduría popular distingue cuatro fases. Se dice que en la infancia nos atrae el color y el movimiento de estas pequeñas criaturas; en la adolescencia, los intrincados mecanismos de relojería que les dan la ilusión de la vida; en la adultez, la verdad y belleza de los dramas que representan, y en la vejez la perfección atemporal de un arte que nos eleva por encima de las cuitas de la mortalidad y da sentido a nuestras vidas. Todos reconocen que estas distinciones son caprichosas, pero a su manera expresan una verdad. Pues, al igual que nuestros maestros, que pasan de su largo aprendizaje a sus logros cada vez más formidables, también nosotros pasamos del aprendizaje que nos brindan las alegrías infantiles a los placeres más graves de un deleite maduro y exigente. El teatro de autómatas no se supera con la edad. Seguir leyendo El nuevo teatro de autómatas – Steven Millhauser

August Eschenburg – Steven Millhauser (fragmento)

A los ocho años de edad, August Eschenburg pasó largas tardes de verano entregado a un juguete cruel y maravilloso. Un día había aparecido de repente en un terreno a orillas del río y repentinamente iba a desaparecer, a la manera de todas las delicias que se revelan con demasiada rapidez y demasiada plenitud. Una figura hueca de papel representaba un payaso, o un bombero, o un profesor barbudo. Cuando se ponía dentro un pájaro capturado, los desesperados intentos de la pobre criatura por escapar producían en la figura de papel una serie de movimientos locamente cómicos. August, que sabía que el juego era cruel, y nunca se lo contó al padre, intentó más de una vez mantenerse alejado del terreno junto al río, pero al final siempre sucumbía. Si los otros chicos parecían complacerse con los trajines del pájaro, a August lo fascinaban las extrañas, graciosas muecas del atormentado hombre de papel, que de pronto daba la impresión de cobrar vida. Ese juguete prohibido era mucho mejor que la caja de música con el mono encima dando lentas vueltas, o la criada que subía y bajaba el brazo batiendo manteca si uno le daba cuerda, o el molino con aspas que el viento hacía girar. Mejor incluso que el articulado payaso amarillo que bajaba solo los peldaños de una escalerita roja. Cuando empezaron de nuevo las clases, y el juguete cruel del terreno junto al río desapareció tan misteriosamente como había llegado, August sintió alivio, pero nunca olvidó la sensación de miedo y asombro que causaban esos hombres de papel animados hasta el peligro.